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Brillantes lecciones de filosofía para tiempos opacos


Agradecido, el pensamiento abre en ese jardín su ojo de cíclope famélico. Un parque mitad prolijo y mitad desbordado, en desnivel, de plantas que ascienden o reptan, y que puede llamarse Spinoza, Deleuze, Souriau, Kierkegaard o Klossowski. ¿Hay todavía hoy margen para pensar, o al menos para leer lo que otros, por decirlo así, pensaron por uno? Pareciera tener algo de lujo, fuera del amparo de becas, subsidios, cátedras –un mal pensado dirá: apadrinados por los impuestos que pagan los que no tienen tiempo para cavilar–, y en el reverso de esa presunta ostentación camina en puntas de pie la tarea heroica de traducir y publicar filosofía en el precarizado hemisferio sur en los albores del siglo XXI. No es improbable que por estos lares sea eso lo que más falta: pensar.

Es a lo que consagran su catálogo editoriales que operan al modo de células anarquistas, como Cactus, sobre todo, pero también Cebra, Las cuarenta, Isla desierta, Nube negra, y otras de escala mayor: Amorrortu, FCE, etc. Como sea, la filosofía tranquiliza, aun cuando no se la entiende, quizá sobre todo cuando no se la entiende del todo o cuando menos útil y necesaria simula ser. En ciertos casos, su modestia y su discreción no conocen límites.

El lector de filosofía suele atender los ecos de un libro a otro, y en El arte como interrogación de Darío González es Kierkegaard el lazarillo titular que acompaña al corto de vista que se aventure en sus páginas. Esencialmente sobre “la estética de la experiencia creativa”, pleno de sugestiones que se insinúan en medios tonos, es un ensayo al que uno no puede sino aproximarse muy lentamente. (A Kierkegaard uno llega rápido y bajo el hechizo de sus encadenamientos desea impregnarse de todo, pero el proceso de asimilación termina forzando un gradualismo similar). Se sale del libro recordando que la filosofía también se ocupa de crear bellas imágenes (que proyectan desplazamientos interiores).

En estrecho diálogo con el libro de González entra el casi simultáneo El arte como juego, de François Zourabichvili, que arranca retomando el giro estético del pensamiento en el siglo XVIII –“para comprenderse a sí misma, la filosofía descubre que necesita reflexionar sobre el arte”– y que baja su telón con una cita del artista Nicolas de Staël que vale el precio del libro, apostillándola así: “Un gran pintor nunca es simplemente un soñador”. En el medio, subraya ciertas oscuridades: “La tendencia hoy es aproximar el arte a la vida cotidiana, a algo un poco banal, cuando somos nosotros quienes deberíamos elevarnos hacia el arte”. Y vuelve a mezclar el mazo de la materia de marras: “¿En qué medida y hasta qué punto debemos pensar la obra de arte como juego, así como la experiencia, creativa o receptiva, que está ligada a ella?”.

En sendos ensayos, Zourabichvili marcó de cerca a Deleuze y a  Spinoza, así como David Lapoujade lo hizo con Deleuze y Étienne Souriau, Antonio Negri, Lorenzo Vinciguerra y Marilena Chaui con el axiomático y cordial Spinoza, casos que ratifican lo que es –lo que hace– un lector; variadas técnicas de alta precisión que no le niegan espacio a la ensoñación. Modalidades surtidas de regenerar a un sabio, de averiguar por qué otra vía es posible seguir aproximándose a sus rumores menos evidentes. Acaso el pulidor de lentes que era Spinoza veía en sus cristales el futuro, y las arañas que le encantaba ver pelearse (pero era precisamente eso, un juego) hacían las veces de pupilos e intérpretes venideros. Relevos, revisionismos y rehabilitaciones no deberían sorprender en filosofía, cuya lectura da la impresión –la promesa– de poder acoplarse uno a la napa de una frase.

Todos los que escriben sobre Spinoza parecen hacerlo en trance, pero ninguno con el carisma de Deleuze. Él, que lo sabía todo menos cortarse las uñas, era literalmente una máquina, en el sentido más lato del término: una maquinaria de trabajo. Basta imaginar lo costoso que es leer y procesar (en escritos y clases) nada menos que a Spinoza, Nietzsche, Proust, la historia del cine, la pintura, pero Deleuze no (se) da descanso y da risa que, en el recientemente reeditado Spinoza o el problema de la expresión, hable de la velocidad como defecto. En un libro en el que curiosamente tarda más en llegar a un punto, poniendo a prueba al lector por medio de la repetición de frases con leves diferencias. Mientras este le festeja el repetido chiste de su prosa: nunca se avanza, se asciende y desciende en círculos más o menos concéntricos, según el capricho y los condicionamientos conceptuales.

Deleuze actúa como un ajedrecista calculando diez jugadas con anticipación (y anotando las variantes). No se da vuelta para ver si alguien lo sigue, y como ante un malabarista el espectador no adivina cómo hace para mantener tantos conceptos en el aire (mientras los redibuja). Deleuze hacha y desmaleza pero sin saber, y menos insinuar, qué extensión ofrecerá el bosque. Quizá sea su afabilidad la que logra prometer que si no se comprende algo, se comprenderá –sorprendente y como mágicamente– algo de apariencia mucho más compleja. Espantapájaros de alumnos demasiado embelesados con su obra, Deleuze le confesó en una carta a Pierre Klossowski su fidelidad incondicional: “Quisiera que sienta que tengo por usted el tipo más vivo de reconocimiento y admiración”.

El Deleuze que hizo de la devoción crítica un método –para leer a Proust, por caso– era el mismo que a un docente que anhelaba escribir un libro sobre él le advirtió: “No se deje encantar ni marear por mí. He visto casos de personas que querían hacerse el ‘discípulo’ de alguien, y que tenían ciertamente tanto talento como el ‘maestro’, pero que salían esterilizados de eso… Se acuerda del texto de Nietszche: un pensador lanza una flecha a alguna parte y allá otro pensador la recoge, que la enviará más lejos. Ahora bien, usted recoge bien mi supuesta flecha, pero es a mí que me la reenvía”.

En esta posta de saetas, el Sobre Proust de Klossowski hace un origami con el autor de En busca del tiempo perdido y sus pinceladas de acupunturista tocan más de un punto sensible: “Aquello que Proust llama arte –él dice la literatura implícita en cada uno– no se trata del don de escribir, sino del arte de descifrar los signos de la propia existencia… Esa coexistencia de las múltiples vidas del ser humano: esta es la auténtica revelación de la creación proustiana”.

Son postulados que conversan con otro espíritu delicado, que durante varias décadas también fue contemporáneo de Proust. En Los diferentes modos de existencia, Étienne Souriau (1892-1979) arriesgó un misterioso tratado sobre la realización artística y la práctica literaria. Un estrambótico manual para definir filosóficamente a los personajes de ficción, y nuestra dependencia de las existencias virtuales, intersticiales, suspendidas, cada día más prevalecientes.

Renacido gracias a una nota al pie de Deleuze, Souriau poseía un sentido sobrenatural para lo ínfimo, para el matiz, para sorprender a la filosofía desde una trastienda insospechada. Igual que para lo embrionario, lo en ciernes, en curso, en camino, bocetos y bosquejos: “Un Da Vinci era de los que no se decidían a abandonar la obra. Y se puede pensar que un Rodin, a veces, por temor a ir demasiado lejos, ha abandonado en un momento demasiado temprano”.

Souriau –filósofo anómalo por donde se lo mire– sostenía que uno “está acompañado sobre otros planos por presencias o ausencias de sí mismo, se redobla en ellas buscándose, y quizá así se postula de la manera más intensa en su verdadera existencia”. Su Tener un alma se ubica fuera de todo género y lo que seduce son sus modos de decir, a menudo amables, elegantes, incluso dulces. Sobre el término alma razona: “Algunas nociones se benefician de que las hayan puesto un poco en penitencia. En la sombra del cuarto oscuro, rejuvenecen”.

Acaso lo que encandila sea la forma de pensar de tal o cual mano, más allá de lo específicamente expuesto. Es una instancia por la que pasa el propio filósofo, previamente, cuando se deja embrujar por una forma y procede a transcribirla como bajo un dictado.

Tener un alma, Étienne Souriau. Trad. Sebastián Puente. Cactus, 160 págs.

El arte como juego, François Zourabichvili. Trad. Pablo M. Rodríguez. Cactus, 160 págs.

El arte como interrogación, Darío González. Nube negra, 225 págs.

Spinoza y el problema de la expresión, Gilles Deleuze. Trad. Diego Abadi. Isla desierta, 356 págs.

Spinoza ayer y hoy, Antonio Negri. Trad. Emilio Sadier. Cactus, 320 págs.

Sobre Proust, Pierre Klosssowki. Trad. Pablo Ires. Cactus, 96 págs.

La nervadura de lo real, Marilena Chaui. Trad. Mariana de Gainza. FCE, 640 págs.

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