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«Como escritora, te resuena todo lo que está en los bordes de la cultura y buscás las historias que no cierran»


¿De qué está hecho el miedo? ¿Cómo se lo puede inocular en un animal para observar sus reacciones? ¿Y si el miedo fuera el impensado puente entre la animalidad y lo humano? ¿Y si un animal aprendiera a hablar mediante dosis exactas de amor y engaño?

No, no es que Mario Ulrich sea filósofo. Él es científico. Y por entonces, en la década del 30, decide criar una mona pequeña junto a su hijo recién nacido. Lucrecia, su esposa, está de acuerdo. Y en esa casona alejada inician el singular experimento que, por supuesto, se les va de las manos.

Porque lo humano y lo animal pueden ser antagonismo pero también, alianza impensada. Ahí donde la pavura no deja lugar a la palabra, se abre una zona común, atávica, oscura. Es entonces, sin embargo, cuando la rendición se abre paso, dejando abierto un resquicio de luz.

En "Olimpia", Betina González da cuenta de la fragilidad humana. Foto Fernando de la Orden

En «Olimpia», Betina González da cuenta de la fragilidad humana. Foto Fernando de la Orden

De todos estos elementos se compone Olivia, la nueva novela de Betina González, ganadora del Premio Clarín Novela en 2006 por Arte menor. Editada por Tusquets, en este texto la escritora tensa aquellas fábulas posapocalípticas que ya habían aparecido en sus libros anteriores: América alucinada (2016) y el volumen de cuentos El amor es una catástrofe natural (2018).

Con hechos reales como sombra de estas ficciones cada vez más selváticas (económicas en el uso del lenguaje, exuberantes en su argumento), Olivia es la culminación de un proyecto narrativo donde, a través de tiempos desdibujados y referencias atávicas, la autora da cuenta de la fragilidad humana, ya no como ilusión sino como destino tangible.

olimpia

–¿Cómo empezaste a escribir las historias que confluyen en la novela?

–Un amigo me habló del científico Winthrop Kellog, que hizo una serie de experimentos con una mona y su propio hijo intentando averiguar qué separa a los animales de los seres humanos. Y si, como él presumía, la adquisición de lenguaje era el rasgo distintivo de las personas, quizás esa mona podía aprender a hablar dadas ciertas condiciones.

A la vez le interesaban los niños ferales; es decir, los que no tuvieron contacto con humanos durante sus primeros años. A mí toda esta historia me fascinó. Y es que ese concepto de la ciencia, conductista, mecánico, feroz, alentó varias preguntas literarias en torno al modo en que lo inesperado y lo salvaje se abre paso cuando se trata de supervivencia.

–Situás la novela en la década del 30 del siglo pasado, en una casona de familia tradicional en Argentina, los Ulrich. ¿Por qué esa decisión?

–Porque fue una época violenta en términos políticos y la narrativa no estuvo exenta. Ya Leopoldo Lugones había construido una ficción fantástica en torno a los monos y la animalidad. También emergen Horacio Quiroga y sus cuentos, tan geniales como perturbadores.

Esa conexión con la literatura me liberó de la historia inicial y así fueron apareciendo los otros personajes. Lucrecia, que en su juventud se dedicaba a hacer saltos ornamentales, una mujer sensible pero también, arriesgada para su época.

En principio ella sigue a su marido en todas las decisiones hasta que la aparición fortuita de Olimpia, la mona, que la saca de su universo racional y la conecta con su propia emotividad. Y también Juan Averá, un cazador que a la vez tuvo su propia historia de niño dividido entre dos mundos. Y las criadas, que en su mutismo, resultan distintas entre sí pero sobre todo, reveladoras y duales.

"La escritura es un acto físico", señala la escritora Betina González. Foto Fernando de la Orden

«La escritura es un acto físico», señala la escritora Betina González. Foto Fernando de la Orden

–Hay escenas que provocan cierto espanto en quien lee; una sensación física y tangible. Por ejemplo, con las reacciones del perro Amarillo, a quien le cercenan un trocito de cerebro para experimentar con su comportamiento.

–Es que la escritura es un acto físico. Es decir, una también tiene sensaciones físicas cuando escribe; en especial, cuando estás construyendo una escena que deviene hallazgo.

Es lo que me pasó con Amarillo. Iba a tener una participación menor, basada en el hecho de que Kellog también experimentó con perros. Pero mientras iba avanzando en la trama, yo también tenía horror, perplejidad. Amarillo fue un regalo, una suerte de Frankenstein personal que me permitió desplegar la narrativa y buscar el modo de darle, digamos, voz. 

–¿Creés que por eso el lenguaje de tu libro deviene poético? Se percibe un contraste entre la delicadeza de la construcción estilística y lo brutal de ciertos climas.

–No había otra solución formal. Tampoco es una novela donde el discurso científico tome la prosa sino que ambos se intersectan, se enrarecen mutuamente. Además, me parecía que había que apelar a un nivel de sofisticación intenso para expresar estados físicos y emocionales con muchos matices, donde la palabra no puede ser más que fragmento, donde el lenguaje queda dislocado.

–¿Eso también aplica a Olimpia, la mona chiquita que Ulrich y Lucrecia crían como si fuera una hija junto al bebé de ambos?

Saer y Piglia sostenían que en una nouvelle (y esta, inicialmente lo era) siempre hay un secreto que no se revela. Es importante escribir preservando el misterio, rodearlo, indagarlo pero nunca explicarlo. Olimpia es ese secreto. Porque ella es un punto ciego que va vertebrando lo que sucede con los otros personajes. Y es que nada podemos saber de Olimpia si no es a través de la mirada de los otros. Ella, que supuestamente tiene que hablar, es puro lenguaje negado.

Betina González, ganadora del Premio Clarín Novela en 2006 por "Arte menor".

Betina González, ganadora del Premio Clarín Novela en 2006 por «Arte menor».

–Sobre el final, la novela deviene utópica. Esto contrasta con las distopías de tus libros anteriores.

–Cuando estaba escribiendo la novela, Olga Tokarczuk pronunció su discurso para la aceptación del Nobel. Y ella rescata la ternura como la forma más modesta del amor, como un compartir consciente, aunque quizás un poco melancólico, del destino común.

Me resonó el modo en que Tokarczuk explica estas cosas, esta aceptación de que nuestros destinos estén unidos, con esta idea de Platón de anima mundi como si el mundo fuera una entidad viva. Por eso elegí una pequeña apertura utópica.

"Olga Tokarczuk rescata la ternura como la forma más modesta del amor", dice Betina sobre la ganadora del Nobel de Literatura 2018.

«Olga Tokarczuk rescata la ternura como la forma más modesta del amor», dice Betina sobre la ganadora del Nobel de Literatura 2018.

–Los cuestionamientos a la supremacía de lo humano han tenido una eclosión en esta época pandémica. ¿Pensaste en eso mientras escribías?

–No de modo directo porque Olimpia estaba lista antes de la pandemia. Pero bueno, pienso por ejemplo en Vernon Lee, que alguna vez dijo que había llegado demasiado tarde a un mundo demasiado joven. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, ella era muy impopular, no tenía nada que ver con lo que hacían sus contemporáneos pero es ese “fuera de época” lo que la hace vigente.

Si sos escritora, estás metida en la cultura de un modo muy particular; es decir, te resuena todo lo que está en los bordes de la cultura. Y es que ahí vas a buscar las historias que no cierran.

Siempre está la cultura hegemónica que te dice que tenés que seguir creyendo en el amor romántico, en el consumo, en matar bichos para comer. Y no es que una se sienta a pensar esto filosóficamente sino que está inserto en la vida cotidiana.

Pero en el borde están las historias que no entran en esos discursos, que hacen ruido y los interpelan. Yo trabajé con el tema de los experimentos científicos a comienzos del siglo XX porque eso resuena en nuestra época, esa pregunta de qué es lo humano y qué, lo animal.

La pandemia pone en crisis todos los discursos supremacistas. Y eso es algo que el feminismo venía haciendo desde mucho antes, por eso me interesa Esmeralda, una de las criadas, la que tiene un pasado libertario.

–¿En qué sentido?

–Cuando pensamos en el patriarcado, tenemos que pensar en la dominación del planeta y de otros seres humanos, incluida la dominación de género. La esclavitud empieza con los hombres advirtiendo que podían esclavizar a sus propias mujeres y a las que conquistaban como botín en la guerra.

Es decir, la dominación de género es anterior a la esclavitud como sistema. Es el mismo discurso de la supremacía de lo humano. Y sabemos que detrás de esa supremacía está el varón blanco heterosexual como modelo.

Es imposible un feminismo que no se pregunte por estas cosas: por las otras especies, por el modo de producción económica y las perpetuaciones del poder. Justamente, son esas preguntas las que desafían al sistema para que pueda, por lo menos, tambalear.

González Básico

  • Villa Ballester, 1972. Es autora de las novelas Arte menor –con la que ganó el Premio Clarín Novela en 2006–, Las poseídas y América alucinada, traducida al inglés como American Delirium.
  • También publicó la colección de cuentos El amor es una catástrofe natural y el libro de ensayos La obligación de ser genial.

Fragmento de Olimpia

Es por miedo que todos los días hombres y mujeres se levantan, desayunan, salen al jardín. Es por miedo que aman, tienen hijos, van al teatro. Es la emoción fundamental, la que los mantiene a salvo, alertas, sumando y restando, levantando paredes o componiendo canciones, en vez de quedarse en la cama, ya avanzada la mañana, mientras el resto de los seres del mundo sigue con el ciclo de la vida.

En los humanos el miedo se aloja en la amígdala, en una zona de la cabeza tan antigua que algunos la llamaron «cerebro reptil», como si sospecharan o más bien temieran un parentesco con las iguanas o las lagartijas. Así que el miedo les lleva siglos de ventaja a la filosofía, a la ciencia, a la medicina. Aunque no a la poesía. Porque por miedo también se dicen palabras, incluso en la oscuridad de una cueva, de un bosque, de un vaso de vino.

No sabemos cuáles fueron las que se dijeron los Ulrich el día que se conocieron en un resort junto al mar, en una ciudad que las revistas llamaban feliz, en una época en la que esa palabra todavía se asociaba con el oro, los caballos, el casino. Pero sí sabemos que el miedo los atrajo, los hizo agradables, simpáticos, perfectos el uno para el otro.

PC



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