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cómo fue la extravagante juventud de Patricia Highsmith en Nueva York


Se dice que la juventud está desperdiciada en los jóvenes. No estuvo desperdiciada en Patricia Highsmith.

Nacida en Texas en 1921, creció principalmente en Manhattan. Cuando cursaba el último año en el Barnard College, era tan inteligente y de rasgos tan finos y obviamente destinada a la grandeza que se le ofrecían tanto los hombres como las mujeres.

En Barnard y en Greenwich Village, donde la adoptó una multitud bohemia, Highsmith era distante y deseada. Eran los primeros años de la década de 1940. Era para esos ambientes lo que Donna Tartt debió ser para Bennington.

Un nuevo libro, Patricia Highsmith: Her Diaries and Notebooks, 1941-1995, recoge lo que ella sentía por todo eso.

"Patricia Highsmith: Her Diaries and Notebooks, 1941-1995".

«Patricia Highsmith: Her Diaries and Notebooks, 1941-1995».

Ser joven

Todo el libro es excelente. Highsmith es puntillosa y seca sobre sí misma y sobre todo lo demás. Pero los primeros capítulos son especiales. Constituyen uno de los relatos más observadores y eufóricos que haya leído –¡y es un campo muy concurrido!– sobre ser joven y estar vivo en la ciudad de Nueva York.

La futura autora de Extraños en un tren, la serie Ripley y muchas otras novelas estaba aprendiendo a mediar entre su intenso apetito por el trabajo –pocos escritores, según dejan claro estos diarios, tenían un mayor sentido de la vocación– y su necesidad de perderse en el arte, la ginebra, la música y los cuerpos calientes, la mayoría de ellos pertenecientes a mujeres.

Hay muchos viajes nocturnos en taxi en estos diarios. Y besos en los baños de los restaurantes (una ventaja para las parejas del mismo sexo). Y besos robados a mujeres casadas. Y corridas a Chinatown para hacerse tatuajes. El primero de Highsmith fueron sus propias iniciales en letras griegas en la muñeca, pequeñas, en tinta verde.

Patricia Highsmith falleció en 1995.






BASSOULS

Patricia Highsmith falleció en 1995.
BASSOULS

Siempre estaba medio en quiebra. Cuando sales con mujeres, bromeaba, no hay ningún hombre que se encargue de la cuenta. Le gustaba salir. Si la mención de bares y restaurantes desaparecidos de Manhattan pone al lector nostálgico, este libro será como leer las notas de la tapa de un disco de Billie Holiday o de Frank Sinatra a medianoche con un vaso de bourbon.

Highsmith y su gente aparecen en Castille y en Tilson’s y en Le Moal’s y en Eddie’s Aurora y en Café Society Uptown y en Romany Marie’s y en La Salle du Bois y en el Golden Horn y en Crespi’s, donde a Highsmith le gustaban los langostinos. Podría enumerar dos docenas de lugares más.

Quería estar sola, excepto cuando no lo quería. «El sexo, para mí, debería ser una religión», escribió Highsmith. «No tengo otra». Se preguntaba: «Mientras existan mujeres hermosas, ¿quién puede estar deprimido?».

Le gustaba salir por la mañana y comprar brioches y croissants para las amantes que aún estaban en la cama. Escribió: «La vida no tiene un placer igual al del momento de estar bajo la ducha, cantando, con una chica maravillosa esperando en la cama en la habitación de al lado».

Llevaba sus diarios –sabía que algún día se publicarían– en francés, alemán y otros idiomas, en parte para dominar esas lenguas y en parte para repeler las miradas indiscretas.

Highsmith y el alcohol

De día, Highsmith se dedicaba a escribir. A la noche se dedicaba a la ginebra.

Era una bebedora intensa y sistemática. Empezó de joven. «El mundo y sus martinis son míos», escribía en una entrada de 1945. Cuenta haber tomado cinco antes de cenar con Jane Bowles y sentir náuseas. En dos oportunidades menciona haber tomado siete martinis en una sola sesión: antes, durante y después de un almuerzo y otra vez durante la cena.

«Me pregunto si algún momento supera al del segundo martini en el almuerzo, cuando los camareros están atentos, cuando toda la vida, el futuro, el mundo parece bueno y dorado (no importa en absoluto con quién se esté, hombre o mujer, sí o no)», escribió.

Pensó mucho en el alcohol y su papel en el proceso creativo. Los escritores beben porque «deben cambiar de identidad un millón de veces al escribir», dijo. «Eso es agotador, pero la bebida lo hace automáticamente por ellos. En un momento son un rey, al siguiente un asesino, un diletante hastiado, un amante apasionado y abandonado; otros en realidad prefieren seguir siendo la misma persona, permanecer en el mismo plano, todo el tiempo».

Patricia Highsmith: fue el tabaco lo que acabó con ella. Murió en 1995, a los 74 años, de cáncer de pulmón y anemia.

Patricia Highsmith: fue el tabaco lo que acabó con ella. Murió en 1995, a los 74 años, de cáncer de pulmón y anemia.

A pesar de las resacas, los desmayos ocasionales y unas cuantas escenas embarazosas, cree que sacó más de la ginebra que ésta de ella. «Sin el alcohol, me habría casado con un tonto aburrido, Roger, y habría tenido lo que se llama una vida normal».

A Highsmith le atraían las peores situaciones y los temas más negros. Graham Greene la llamó «la poeta de la aprensión». Sus personajes, como los del relato de Shirley Jackson «La lotería», parecen dispuestos a tomar una piedra.

En estos diarios puede parecer que ha salido, completamente formada, de un dibujo animado de Charles Addams. Los misántropos encontrarán muchas cosas que les gusten.

Se imagina que un pájaro gorjea: «¡Per-pe-trate, per-pe-trate, per-pe-trate!». (Otro parece decir: «¡Queer pi-pul! ¡Queer pi-pul! ¡Queer pi-pul!»). Escribe: «Una razón para admirar el automóvil: demuele más personas que las guerras». Y, «a menudo pienso que mi único amigo es mi paquetito de cigarrillos».

Fue el tabaco lo que acabó con ella. Murió en 1995, a los 74 años, de cáncer de pulmón y anemia.

He dejado muchas cosas fuera de esta reseña. Sus intensos ataques de lectura. Su trabajo diario en la industria del cómic. (Conoció a Stan Lee.) Sus innumerables amantes, dos de las cuales intentaron suicidarse al terminarse la relación. Su incesante trabajo y la publicación de sus numerosos libros. El rodaje de la película de Hitchcock Extraños en un tren, que apareció en 1951 y contribuyó a que su nombre se hiciera conocido.

Su amor por la ropa de varón. Su amistad con Truman Capote y Carson McCullers, así como con James Merrill, Dylan Thomas, Wim Wenders y Jeanne Moreau.

Escena de "Extraños en la noche", basada en el libro de Highsmith y dirigida por Alfred Hitchcock

Escena de «Extraños en la noche», basada en el libro de Highsmith y dirigida por Alfred Hitchcock

Highsmith y Arthur Koestler intentaron tener sexo una noche de octubre de 1950 y les fue mal. Sobre ello, ella escribió: «Él no sabía que la homosexualidad estaba tan arraigada, dijo».

También estaban sus incesantes viajes. Sus estancias seriales en buenos hoteles. Sus destellos de antisemitismo. Las casas que compró en Inglaterra y luego en Francia y en Suiza. Tenía caracoles como mascotas y los pasaba de contrabando por la aduana dentro del corpiño.

Ahí estaba su soledad. Cada vez más, a medida que envejecía, era como Lindbergh cruzando el océano en soledad. Sus amigos se convirtieron en conocidos y sus conocidos en extraños.

Patricia Highsmith: Her Diaries and Notebooks, 1941-1995 se ha condensado a partir de unas 8.000 páginas de material. Sigue siendo, con casi mil páginas, un libro enorme. Pero no es un libro pesado.

Ha sido editado con gran precisión por Anna von Planta, editora de Highsmith durante muchos años. El material introductorio de cada sección es útil y conciso. No dan ganas de pulsar «saltear la introducción».

Probablemente podría haber orientado esta reseña en otra dirección, centrándome en las depresiones de Highsmith, en sus dudas sobre sí misma, en su impulso casi mortal por trabajar. Todo eso también está aquí.

La Highsmith de la que no puedo deshacerme es la que escribió en torno a sus 25 años, pasada la medianoche del 31 de diciembre de 1947: «Mi brindis de Año Nuevo: por todos los demonios, las lujurias, las pasiones, las codicias, las envidias, los amores, los odios, los deseos extraños, los enemigos fantasmales y reales, el ejército de los recuerdos, con los que lucho: que nunca me den paz».

The New York Times

Traducción: Elisa Carnelli

PC​



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