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familia por adopción con dos padres y dos hermanas


Aníbal Bagnato y Gabriel Ayala llevan 24 años juntos. Hace más de una década, un mes después de la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, se casaron. Poco después, la idea de tener hijos comenzó a fortalecerse. Si bien convertirse en padres siempre había sido un proyecto, cuando comenzaron a pensarlo las circunstancias eran distintas.

“Somos una pareja gay y es una utopía llegar a formar una familia, no es imposible, pero no es fácil”, dijo Aníbal, de 53 años, a Clarín. El camino para ellos era la adopción, esa era la vía que habían elegido para transformar varias vidas: no serían sólo las suyas, tampoco serían tres, sino que finalmente serían cuatro.

Hoy su casa grita en cada rincón que allí ya no sólo vive un matrimonio, sino también dos adolescentes: Agustina y Camila, de 14 y 17 años, respectivamente.

La familia completa el día en que las chicas dejaron el hogar. Foto gentileza.

La familia completa el día en que las chicas dejaron el hogar. Foto gentileza.

Adopción y demora: mito y realidad

Tras el consejo de un amigo que ya había adoptado a dos chicos, Aníbal y Gabriel (55) dieron el paso: se acercaron a un juzgado bonaerense y comenzaron los trámites.

En ese entonces su disponibilidad era para un niño o una niña de 0 a 5 años. “La jueza nos pidió que lo tomemos con calma porque no era fácil. Pasaron dos años y cuando pregunté si había novedades me dijeron que iba a demorar, por la edad que habíamos pedido”, rememoró Aníbal.

Esta demora responde a dos cuestiones: los bebés y niños pequeños no son mayoría entre los chicos en situación de adoptabilidad; pero, además, ese rango etario es el más buscado entre los postulantes.

Según el Registro central de aspirantes a guarda con fines de adopción de la provincia de Buenos Aires, en lo que va del 2021 se declararon 409 niños, niñas y adolescentes en situación de adoptabilidad. Se otorgaron 302 guardas con fines de adopción y se iniciaron 341 vinculaciones.

Entre 2020 y 2021 fueron 1150 los postulantes convocados para asumir una guarda con fines de adopción en territorio bonaerense. De ellos, más del 90% se anota para niños y niñas de 0 a 2 años; menos del 5% se ofrece para 3 años o más; menos del 4% aceptaría niños, niñas y adolescentes con discapacidad; menos del 50% admite chicos y chicas con problemas de salud leves y menos del 1% se ofrece para niños, niñas y adolescentes con problemas de salud complejos.

Entonces, esa tardanza, que podía incluso derivar en la imposibilidad de agrandar la familia, los llevó a extender su disponibilidad. “Yo le dije a Gabriel: ‘Nosotros tenemos 45 años, ¿cuánto tiempo más vamos a esperar? Vamos a terminar siendo abuelos de los chicos’. Y ahí pedimos ampliar el rango de edad para chicos más grandes”.

Un día, al volver de vacaciones, la pareja recibió una citación del juzgado en cuestión. Al parecer, les había llegado su turno. Pero no se trataba sólo de una niña, sino de dos. Por su edad, la mayor de ellas ya estaba a punto de ser trasladada y separada de su hermana.

«Papá» y «papi»

Por aquellos días Agustina tenía 7 años y Camila, 11. Ambas vivían en un pequeño hogar para niñas en Moreno. La estadía de las nenas en el lugar duró tres años.

Aníbal Bagnato junto a sus hijas, Camila y Agustina. Foto gentileza.

Aníbal Bagnato junto a sus hijas, Camila y Agustina. Foto gentileza.

Cuando Aníbal y Gabriel recibieron la propuesta la opción de un único hijo se olvidó rápidamente. Dos era un número que comenzaba a atraerles y hasta llevaban a la audiencia la posibilidad de un máximo de tres.

“Nos contaron la historia de las chicas y decidimos ir a conocerlas”, sostuvo Bagnato. Así, la rutina compartida era de viernes juntos en el hogar, conociéndose, compartiendo algo rico y charlando.

“Pasaron los viernes y un domingo pedimos autorización para llevárnoslas a casa. Entonces las pasábamos a buscar los domingos temprano y las llevábamos al hogar a la noche. Se traían su bolsito, su ropita. La vuelta era horrible: ellas se quedaban mudas, con miedo al abandono, dudando si las íbamos a volver a buscar”.

Poco a poco las chicas iban dejando algunas pertenencias, como apropiándose de ese lugar que pronto las vería crecer en el marco de una familia.

Los permisos se extendían y Camila y Agustina ya podían pasar el fin de semana completo con Aníbal y Gabriel. Y cuatro meses después, el tan ansiado llamado: la audiencia definitiva.

Entre lágrimas, Bagnato contó que primero fueron las niñas quienes se reunieron con la magistrada. Más tarde ingresaron ellos: “La jueza nos contó que las chicas dijeron que se sentían muy bien con nosotros y que se querían ir a vivir con nosotros. Yo no podía parar de llorar”.

Era un diciembre cercano a las Fiestas y en medio de la emoción salieron todos a buscar vacante en una nueva escuela: era un hecho, dos y dos se convertían en cuatro.

Aníbal Bagnato junto a su hija Agustina. Foto gentileza.

Aníbal Bagnato junto a su hija Agustina. Foto gentileza.

Los flamantes papás dejaron pasar unos días y llevaron a sus ahora hijas a despedirse del hogar. Camila y Agustina supieron de carencias y tiempos duros, pero también de generosidad y segundas oportunidades. Todo lo que querían y necesitaban ahora estaba en su nueva casa. Y así fue como tomaron su ropa y su bolsa de juguetes y repartieron todo entre sus amigas de la institución. “Te lo digo y se me pone la piel de gallina”, recordó Bagnato con la voz quebrada.

“Subieron al auto y empezó otra etapa”, aseguró. Si bien reconoció que “la relación se afianzó con el tiempo, después de toda la primera fase, que no es fácil, viene la mejor parte”.

Al ser una familia homoparental, al principio dudaban sobre cómo los llamarían las chicas. “El primer día, Agustina en el hogar dibujó a la familia. Lo hizo a Gabriel, en el medio a ellas dos y en el otro lateral a mí. A Gaby le puso ‘papi’ y a mí me puso ‘papá’. Ellos resuelven fácil”, reflexionó. Y hasta el día de hoy es así como se refieren a sus padres.

Hoy Agustina tiene 14 años, está en un grupo de gimnasia artística de nivel elite y se prepara para entrar al CeNARD. Camila tiene 17, juega al hockey y, según su papá, muestra cada día importantes avances en la escuela.

Todo niño, niña o adolescente tiene derecho a tener una familia. Esta historia, entre otras cosas, habla de ese derecho restituido. “Uno mira para atrás, las mira ahora y se da cuenta del camino recorrido y de que lo estamos haciendo bien. Hoy yo veo que ellas pueden salir a la vida. Nosotros estamos felices, realizados como padres. Y ellas, simplemente, son un ejemplo”, cerró este padre, entre la felicidad y el orgullo.



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