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Gimnasia, amor a primera vista y un romance que será eterno


Ya nada será igual en la historia del fútbol de La Plata. Desde que él llegó cambió todo el escenario. Confesó su último amor deportivo: para él, Gimnasia representó, incluso sin querer queriendo, el más tardío de sus abrazos. Todavía lo cuentan las calles, del Mondongo y de casi todos los barrios de la Ciudad de las Diagonales. Diego Armando Maradona sigue latiendo en toda esa geografía. No hubo azar en aquella última elección: amigo de los milagros, eligió volver al fútbol argentino. Justo a un condenado, como en sus tiempos del Nápoli, le dio lugar a la proeza: salvar al Lobo del incondenable descenso.

Lo quiso el destino y también lo logró él. Gimnasia siguió en Primera, independientemente de cualquier circunstancia. De reglamentaciones, de particularidades de esa AFA que no lo protegió y hasta de su partida que aún duele.

«Diego, Diego, Diego», le gritan dos hinchas que fueron a verlo en su debut. Aquella vez, contra Racing, el Diez los saludó en la salida del vestuario. Gonzalo Cesarini y Fernando Celaya estuvieron ahí. Y no se lo olvidan. Se lo cuentan ahora a este diario, casi en simultáneo, casi como si lo hubieran sentido del mismo modo: «Fue hermoso estar ahí. No lo sentimos como una despedida, porque creíamos que Diego era eterno. Después se nos fue, pero nadie nos quita ese saludo. Que fue final, pero fue único».

LA PLATA, ARGENTINA - JANUARY 24:  Diego Maradona coach of Gimnasia y Esgrima La Plata looks on before a match between Gimnasia y Esgrima La Plata and Velez as part of Superliga 2019/20 at Juan Carmelo Zerillo Stadium on January 24, 2020 in La Plata, Argentina. (Photo by Marcelo Endelli/Getty Images)

LA PLATA, ARGENTINA – JANUARY 24: Diego Maradona coach of Gimnasia y Esgrima La Plata looks on before a match between Gimnasia y Esgrima La Plata and Velez as part of Superliga 2019/20 at Juan Carmelo Zerillo Stadium on January 24, 2020 in La Plata, Argentina. (Photo by Marcelo Endelli/Getty Images)

Casi todos los hinchas de Gimnasia y casi todos los hinchas del fútbol argentino lo vivieron de idéntico modo. El Diez ya caminaba con dificultad, y como tan bien cuenta Fernando Signorini – quien quizá mejor lo conoció – «No lo cuidaron como él se merecía».

Pero el pueblo Tripero no se lo va a sacar nunca del alma. ¿Cuánto duró ese amor? «Para siempre», le cuenta otro hincha de Gimnasia que mucho sabe de aquellos días. Y agrega: se sintió uno de los nuestros. Y lo vamos a sentir siempre así. Cada día, en Estancia Chica, él hacía magia. Por un rato, nos hacía sentir los mejores. Se la bancó siempre con Estudiantes y nos devolvió al mapa del fútbol argentino y del mundo».

El recorrido de su último amor con Gimnasia tuvo también el reconocimiento incluso de casi todos los que participaron de aquella huella. Fue a Rosario, y la gente de Newell’s lo recibió con un Trono. Todavía está allí, en el Estadio Marcelo Bielsa. Pasó por el Palacio Ducó y lo recibieron con música, otro trono, y banderas que todavía perduran. En el último clásico contra San Lorenzo, en la popular Bonavena, se leía: Diego, esta es tu casa. Cuando fue a La Bombonera, como correspondía, lo recibieron con pleitesía. Sucedió y sucede que a ese Diego de Gimnasia, rengo, roto y descosido, todos lo querían homenajear. Como se merecía, claro.

Maradona en uno de sus tronos.

Maradona en uno de sus tronos.

El Mondongo es el barrio -quizá- más popular de La Plata. Allí, por sus rincones caminó y estudió un prócer de los tiempos recientes, René Favaloro​, especialista en corazones y en generosidades.

«Favaloro fue y es el perfecto representante de entender la medicina con perspectiva social. Y quizás El Mondongo mucho tuvo que ver en eso. Allí se formó antes de ser médico. Diego lo hubiera encantado«, cuenta el cardiólogo Alejandro Paoletti, de la Fundación Favaloro.

El barrio está situado en el límite este del trazado originario de la ciudad, entre las avenidas 1, 60, 122 y 72. El catastro dice poco. Mide mucho más que esa modesta nomenclatura. «El Mondongo es enorme; no tiene límites», dice uno de los vecinos, en días de esa fascinación por esa llegada de Maradona.

El nombre de El Mondongo tiene una razón poderosa: la numerosa población que a principios del siglo XX estaba integrada por trabajadores de los frigoríficos ubicados en Ensenada y Berisso. Zona de laburantes, de postergados que se hospedaban en modestos reductos, de recién llegados en la búsqueda de una oportunidad tardía. Diego puro. De Fiorito. De los postergados. Siempre del mismo lugar de la barrera.

Diego y la gente en La Plata.

Diego y la gente en La Plata.

Lo cuenta la historia: como parte de pago, los trabajadores dedicados a la faena recibían semanalmente un corte de la res vacuna llamado mondongo, casi lo que sobraba. Este mondongo era utilizado en las comidas de los fines de semana. Los desposeídos de esos días tenían otra tarea añadida: vendían ese mondongo que sobraba en puestos callejeros.

De algún modo o de varios, una suerte de Nápoles. Aquel Nápoles que Diego resignificó.

El escritor Daniel Kruppa presentó en 2013 el libro «GELP!», su cuarta novela, escrita desde el rol de protagonista de la historia y del día a día del club platense.

“Gimnasia se parece a esos pueblos que resisten, Gimnasia no son los dirigentes ni los técnicos, ni los jugadores, va más allá de lo impensable, Gimnasia es otra cosa, tiene más que ver con los lazos afectuosos y la novela tiene que ver con eso”, detalla Kruppa.

Como El Diego, Gimnasia es resistencia. Como El Mondongo a través de su historia de luchas sociales.

Un niño en el estadio de Gimnasia, el día que murió Maradona. EFE/Demian Alday Estevez

Un niño en el estadio de Gimnasia, el día que murió Maradona. EFE/Demian Alday Estevez

En El Mondongo las esquinas gritaron y siguen gritando que Maradona anduvo por ahí. Con gigantografías, con murales, con palabras escritas en aerosol. «Diego transformó la tristeza en fiesta», cuenta -emocionado- Luciano Cruz, hincha del Lobo, habitante de La Plata desde hace 33 años, todos los de su vida. Dice también que no le molestaría descender con Diego. Y abraza un árbol del Bosque. Fue hace poco o no tanto. Pero ese abrazo dura para siempre.

Cerca de aquel diálogo una pared señala: «D10S es Lobo». Un hincha, que también se hizo socio en los días de Diego, dice que «el Diez mata al Siete». Inequívoca referencia al 7-0 de Estudiantes en 2006, Pero en El Mondongo, más allá del resultado, Diego generó otro ambiente: una fiesta. Ahora, tristeza de su ausencia al margen, el tributo permanece.

Tanto para los dirigentes como para el entorno de Diego se trataba de una bomba más que se iría desactivando con el correr de las horas. No contaban con un atenuante: cuando Maradona se enteró que un club quería darle trabajo en Argentina se le movió el piso. Y, como suele ocurrir en su vida, nadie pudo detenerlo. Quizá sólo el paraíso al que fue condenado, por parte de algún ángel amateur, como diría o cantaría el Indio Solari.

Los hinchas del Lobo, en el Bosque, el día del fallecimiento de Maradona. EFE/ Demian Alday Estevez

Los hinchas del Lobo, en el Bosque, el día del fallecimiento de Maradona. EFE/ Demian Alday Estevez

Su llegada, su revolución, se tradujo en números. Y los ejemplos fueron bien variados. A Rapicuotas, uno de los sponsors que ya estaba en Gimnasia, se le llenó de clientes la oficina comercial un día después de la presentación de Diego en el Bosque. ¿El motivo? Querían la pelota con la que Maradona se había paseado por el campo de juego y que llevaba estampado el nombre de la marca. Fue así que la financiera aprovechó y le regaló una pelota (“como la de Diego”) a cada uno de sus nuevos clientes.

Diego en La Plata, su último amor en el fútbol. EFE/ Demian Alday Estévez

Diego en La Plata, su último amor en el fútbol. EFE/ Demian Alday Estévez

En La Plata debieron adaptarse a la fuerza. En la oficina de socios recibieron pedidos de todo el mundo. Medios de comunicación de Finlandia pedían acreditación. En las primeras tres semanas de Maradona en el club, el Lobo sumó 5.800 socios activos que engrosaron las arcas con casi 3 millones de pesos. Según informaron entonces desde el club, se asociaron 2.463 hinchas nuevos mientras que 3.337 que estaban dados de baja porque debían más de cuatro cuotas restablecieron su situación y pagaron lo adeudado. Así, sin siquiera dirigir el primer partido pasó de 25.931 a 31.731 socios.

El hombre, repartidor de las mejores alegrías, sonrió en cada práctica de Estancia Chica o del Bosque, quienes compartieron esos días. Hablaba pausado. Escuchaba aplausos. Era el amor mutuo de su último baile.



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