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la esperanza a los campesinos afganos tras el fin de la guerra


La victoria de los talibán en Afganistán llena de esperanza las aldeas que en su día estuvieron en el frente de la guerra de Afganistán, al poner fin a los mortíferos bombardeos y combates que aterrorizaban a sus habitantes.

«Daría todo por los talibanes», asegura Maky, una mujer de 72 años que acomoda fibra de algodón en Dashtan, un pueblo aislado de la provincia de Balkh, en el norte del país.

En agosto, la salida de Estados Unidos y el regreso al poder de los fundamentalistas provocó una oleada de pánico de los más ricos y de la clase media urbana educada. La ayuda occidental que reactivó la economía del país durante veinte años benefició principalmente a estos estratos de la población. Muchos de ellos huyeron o trataron de huir del país.

En cambio, los talibanes fueron mucho mejor recibidos en el campo, donde su regreso puso fin a veinte años de guerra contra las fuerzas gubernamentales apoyadas por la OTAN.

«La guerra terminó y estamos contentos con los talibanes», agrega Maky.

La provincia de Balkh, dedicada a la agricultura tras la guerra. Foto AFP

La provincia de Balkh, dedicada a la agricultura tras la guerra. Foto AFP

Más seguridad

En esas zonas abandonadas y azotadas por la pobreza, los habitantes esperan del nuevo gobierno que traiga más seguridad y menos corrupción.

En Dashtan, como en la mayoría de las aldeas afganas, los habitantes se preparan para el invierno secando excremento de animales para usarlo luego como combustible para la calefacción y la cocina. Con el regreso de los talibanes, esperan que se abordará el problema de la pobreza, verdadera lacra.

En el cementerio, las tumbas de los combatientes talibanes muertos en combate están decoradas con banderas y accesorios coloridos.

El miedo se apoderó de los afganos en el campo, en medio de la guerra. Foto AFP

El miedo se apoderó de los afganos en el campo, en medio de la guerra. Foto AFP

«Los hombres y las mujeres del pueblo, jóvenes y ancianos, apoyan a los talibanes», declara Hajifat Khan, de 82 años, sentado con las piernas cruzadas en la casa de un vecino. «Ahora ya no quedan infieles», se alegra.

El pueblo, que llegó a ser una comunidad próspera con más de 60 familias, perdió muchos de sus habitantes por los combates y la pobreza, cuenta.

Los últimos veinte años, había democracia, las mujeres podían trabajar y estudiar, y la sociedad civil podía expresarse libremente.

Pero la corrupción generalizada y un poder judicial ausente o ineficaz empañaron rápidamente la reputación del gobierno respaldado por Occidente.

Por su parte, las fuerzas extranjeras que luchaban contra los talibanes fueron criticados por tejer alianzas con jefes de guerra y por haber matado a civiles durante los bombardeos. Miles de civiles han muerto por el conflicto.

El miedo

En las inmediaciones de la ciudad histórica de Balkh, Farima, de 26 años, cuenta que durante la guerra evitaba salir de casa. Tenía miedo a resultar herida. Hoy, trabaja en un campo de algodón con una decena de mujeres y niños.

Una labor difícil, con la que gana tres o cuatro euros al día (entre 3,5 y 4,6 dólares) cuenta la joven, acompañada por sus hijos de 3, 9 y 10 años. «¿Qué más puedo hacer?», se lamenta, protegiendo sus manos de las espinas con guantes rosas.

El regreso de los talibanes empeoró la crisis económica en el país, uno de los más pobres del mundo, que además, sufre las consecuencias del covid-19 y las recientes sequías.

«¿Qué ha cambiado?», se pregunta Farima. «Seguimos sin empleo y seguimos sin lo suficiente para comer», sentencia.

Las reservas del Banco central Afgano fueron congeladas en Estados Unidos y la moneda nacional, el afgani, se devaluó fuertemente.

El precio de los alimentos básicos, como el aceite y el arroz, se ha disparado, aumentando el temor a una crisis humanitaria.

Según el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, es probable que el hambre amenace a «un récord de 22,8 millones de personas» en noviembre, «más de la mitad de la población afgana».

En la provincia vecina de Samangan, donde el 93% de los 440.000 habitantes vive en el campo, Noor Mohammad Sedaqat se acuerda de los meses tensos que precedieron la caída de Kabul. Nunca se atrevió a jurar lealtad a nadie.

«Si no apoyábamos a un bando, el otro nos atacaba, y viceversa», cuenta ese hombre de 28 años, padre de nueve niños y que cultiva verduras en Yakatut, cerca de 20 kilómetros de la capital de Samangan, Aybak.

Según él, la inseguridad y la corrupción bajaron con el nuevo régimen. También sus ingresos. En los mercados, hay días en los que gana apenas 30 euros para 10 o 12 días trabajados. Antes, ganaba el doble.

«¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamos a sobrevivir?», se desespera al lado de sus hijos que comen semillas de girasol.

Su esperanza es que los talibanes sean reconocidos por la comunidad internacional, para que el comercio tenga un nuevo impulso.

«Si se ocupan de los pobres, estaremos contentos, pero no si nos pisotean», concluye.

Agencia AFP

PB



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