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Loló Bonfanti y su jardín promiscuo


En sus criaturas, Loló Bonfanti compila unas ciencias naturales de ficción, un gabinete de fauna y flora hechas de mestizajes imaginarios. Viven en un hibernadero subterráneo, en la galería Jacques Martínez, en San Isidro. Y son también especies de nocturnario, la galería completa la expo Bestiarias con un recorrido final en penumbras, mediante linternitas personales que proyectan en la pared su fabuloso cine natural.

Nacida en Río de Janeiro en 1987, la artista desarrolló actividad en su país pero desde hace años reside en Buenos Aires. En los últimos años ha expuesto obra en el Centro Cultural Kirchner, el Museo MACsur y el Centro Cultural Conti. A partir de 2019 realizó performances escenográficas en el C. C. Rojas. Sus estudios de Arquitectura en la UBA y en la Bauhaus de Alemania, y de fotografía se aprecian en estas Bestiarias; ¿pero de dónde procede su imaginación, este delirio de las especies que evocan a El Bosco y las familias botánicas de Nicola Costantini? De la riqueza extraordinaria y desbordante de las antiguas láminas de los naturalistas.

Primero fueron atlas académicos, destinados a sistematizar el conocimiento sobre biología. A partir de los viajes europeos de circunvalación, las naves siempre llevaron a bordo dibujantes profesionales. En el siglo XVII, los naturalistas empiezan a componer la enciclopedia  acumulativa -y la crónica visual- de las ciencias naturales tal como las concebimos hasta el desarrollo de la genética. Encuentran abigarradas selvas, mares poblados por especies desconocidas, y deben aplicarse a estudiar y ordenar una cantidad de vida natural hallada en muy pocos años.  Si en el siglo XVII ese esfuerzo del conocimiento todavía está teñido de fantasía, en el Ochocientos dará a uno de los más grandes ilustradores, Ernst Haeckel, un ardiente evolucionista preocupado sobre todo por la precisión visual, la exactitud como el mérito científico. 

A través del collage digital, Carolina Loló Bonfanti hibrida y ensambla las especies, liberadas de los imperativos del hábitat. Ha maridado todas esas formas biológicas (el verbo es literal) para procrear nuevas plantas y seres fabulosos: pululan en dos  instalaciones gráficas curvas,  a la manera de los dioramas de los museos, y en fragmentos  individuales atrapados en acrílico.  Ciervas que guardan huevos en el útero, calamares casados con luminosas calas, peces y crustáceos que rezuman ramilletes de flores subacuáticas. Sus coloridos seres se mestizan por parentesco morfológica, lo que crea la ilusión de una ciencia natural sin límite de variaciones, basada en el ars combinatoria y el cálculo matemático de posibilidades de cruce.

Sus especies no parecen haber necesitado evolucionar ni adaptarse. En este sentido, las obras son de una fuerte contemporaneidad; se preguntan por los problemas ambientales de la agenda sin subrayar el corolario ideológico. Pero también pueden ilustrar una enciclopedia de especies extinguidas. A la cuestión del género sexual -que entra en colisión con la biología-, no le responde ni con un límite ni con una reivindicación: el derecho ha sido conquistado. Su jardín es promiscuo.

Un fabuloso jardín de leyenda, en San Isidro.

Un fabuloso jardín de leyenda, en San Isidro.

La artista procede al revés de la mitología, que primero surge como narración compartida para luego ser ilustrada. ¿O es que desconocemos sus leyendas…? Quizá sus Bestiarias estén viviendo sus vidas en sitios remotos, en las fosas abisales o los bosques impenetrables. La artista explica que sus Bestiarias existen «exactamente igual que como si no existieran». Como en la ciencia arcaica, que solo contaba con imágenes de lo visible al ojo humano, ella se permite imaginar “una nueva naturaleza, donde las especies fluctúan entre géneros y formas para convertirse en incidentes palimpsésticos”. (El palimpsesto es también un término de la geología, que describe la acumulación de cambios y eventos en la corteza terrestre). Sus animales no podrían sobrevivir en la realidad pero ganan eternidad en la imaginación. Dice Bonfatti que ha querido “esbozar naturalezas carentes de definiciones fijas, pensar en la transformación como estado permanente”: ¿no es esta definición muy próxima a la idea de fluidez de los nuevos paradigmas sexuales?

Además de las dos instalaciones, las obras se desglosan en láminas recortadas. El aspecto lúdico de la muestra -su cualidad de contemplación infantil- se acentúa con el juego propuesto por la galería Jacques Martínez: una vez en la sala subterránea, se apagan las luces y cada visitante recorre las obras con una linterna, que a su vez proyecta la fauna onírica en las paredes. Es como repasar una enciclopedia haciendo carpa debajo de las sábanas.

Bestiarias, de Loló Bonfanti.

Bestiarias, de Loló Bonfanti.

Las Bestiarias han hecho varias mutaciones ellas también, desde ese mundo regido por el papel, a la cultura digital, y de allí a esta obra, en soporte gráfico. Hay en ellas humor: en una de las dos instalaciones, de tamaño mediano, la fauna y la flora están aplicadas digitalmente a un fondo de mural hogareño, que despliega un bosque azulado, brumoso y místico. (Esto no es caprichoso: si en el orden más cotidiano existe una moda de empapelar paredes, es porque el papel -la materia- ha perdido su tradicional centralidad y hoy es objeto de nostalgia, un pequeño lujo memorialista).

Ficha: Loló Bonfanti De cómo las Bestiarias existen «exactamente igual que como si no existieran»

Lugar: Roque Sáenz Peña 267, San Isidro. Hasta el 27 de noviembre. 



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