miércoles, diciembre 8Adrogue - Buenos Aires - Argentina

Mundos íntimos. El día del cumpleaños de mi hija, mientras celebrábamos, Chile dejaba de ser el país que habíamos conocido


El viernes 18 de octubre del 2019 empezó eso que luego se llamaría el estallido chileno, una protesta que se convirtió en tradición y cambio para siempre del escenario político y social, poniendo la desigualdad en el centro del debate de un país que se sentía aún pujante y neoliberal.

Esa tarde celebraba el cumpleaños de mi hija mayor, Beatrice, en un local de camas saltarinas. La única señal de que algo raro estaba pasando nos la regaló el infinito atasco con que intentamos atravesar los pocos kilómetros que nos separaban del “Summit Trampolín Park”, el local especializado en este tipo de atracciones fosforescentes donde pasaríamos el cumpleaños. Las otras niñitas tuvieron el mismo problema para llegar, pero eso no impidió que compartieran bebidas y pizza y saltaran y saltaran en honor a los 12 años de mi hija.

-“Parece que ya no hay metro”, exclamó de pronto uno de los padres que vigilaban de reojo su teléfono móvil.

Rafael Gumucio y su hija Beatrice. Al ver las manifestaciones, le debió enseñar qué es una barricada.

Rafael Gumucio y su hija Beatrice. Al ver las manifestaciones, le debió enseñar qué es una barricada.

-“Está la cagada en el centro parece” —dijo otro padre.

-“Incidente en varias estaciones, dice twitter” —anunció una madre que confesó que trabajaba justo en el centro de contable de un ministerio en pleno centro.

“Mira”, me dice otro padre, y nos nuestra al presidente Piñera celebrando el cumpleaños de una de sus nietas en la pizzería “La Romería”, en Vitacura, en el barrio más pudiente de la ciudad. Debajo de la noticia, cientos de miles de memes que lo convertían en Nerón, cantando feliz cumpleaños mientras la ciudad se incendiaba a sus pies.

Seguimos de largo, sin embargo, con el cumpleaños. Piñera solía hacer el ridículo. Esto del centro parecía un incidente de tantos. Era viernes, venía el fin de semana, las niñas se llenaban las mejillas de bebidas naranjas para volver a saltar y lanzarse pelotas de poxipol con más energía aún.

Quizás no hay manera de ejemplificar la desconexión perfecta entre los miembros de una sociedad que se desmembraba para siempre esa misma tarde que la imagen de esas niñas saltando y saltando en medio de muros y camas elásticas azul y naranja mientras en el mismo exacto segundo se incendiaba un ala entera de la sede central de ENEL, la principal empresa de energía eléctrica del país. Las llamas, en la escalera de incendio como una antorcha viva en plena avenida Santa Rosa a la que se iban acercando cientos de miles de ciudadanos que vagaban por el centro sin encontrar medio de locomoción para llegar a su casa. Y las niñitas del cumpleaños que piden más y más minutos en las camas elásticas, y los fosos de plumávit donde caen llorando de felicidad. Y más alto sus risas rebotando en el techo del gimnasio mientras se queman una a una las estaciones clausuradas por la policía esta misma tarde: Trinidad, Elisa Correa, Macul, Gruta de Lourdes, Barrancas, San Pablo, Laguna Sur y Cumming. Líneas enteras del ferrocarril subterráneo que se iban convirtiendo una a una en una cadena de carteles, asientos, vías, vagones y trenes calcinados.

Arduo. ¿Cómo explicarle a una chica la política?, se preguntaba Rafael Gumucio

Arduo. ¿Cómo explicarle a una chica la política?, se preguntaba Rafael Gumucio

El cumpleaños de mi hija terminó sin incidentes a la hora en que cerraba el “Summit Trampolín Park” (20 horas). Sonreí junto al resto de padres prometiéndonos vernos el lunes como siempre a la ocho de la mañana dejando a las niñas que se despiden felices en las puertas del colegio. Los padres, contentos de haber cumplido con su papel de padres y tener una actividad menos con que rellenar el fin de semana.

De vuelta a casa, mis hijas y yo decidimos hacerle caso a Waze que nos llevó por una serie de ínfimas calles para evitar las avenidas abarrotadas de autos desesperados por volver a casa.

-“¿Qué es eso?” —se alarmó mi esposa, neoyorquina de pura cepa al ver saltar, felices alrededor de unos neumáticos y contenedores vacíos en llamas, las siluetas liberadas de toda una tribu de jóvenes enardecidos torciendo sus cuerpos de felicidad en el contraluz de las llamas.

-“Una barricada” —respondí con profesionalismo— “¡Toca la bocina! Sigue de largo, sigue y toca la bocina” –le ordené a mi mujer porque sabía que era la única forma de salvarnos. Tocar la bocina al mismo ritmo de las cacerolas vacías que de todos los edificios de departamentos de este barrio y del vecino hacían sonar a un mismo tiempo con una misma rabia feliz de la que era imposible ya escapar.

-“¡¡Más fuerte la bocina, más fuerte!!” —le dije a mi esposa del primer mundo y pude, por primera vez en siglos, ejercer mi papel de padre y decirle con conocimiento de causa a mis hijas que se calmaran, que no iba a pasar nada, que esto cuando yo era adolescente era normal, que en el Chile de los años ochenta el primero mayo, ocho de marzo, el aniversario de la elección de Allende, el del golpe militar había barricadas, apagones de luces, disparos a veces. Y a seguir quemando hasta que al amanecer todo volvía a algo parecido a la normalidad.

-“Todo va a estar bien. Es normal esto. Estamos en América Latina” —incluso en dictadura, les expliqué a mis hijas, incluso en la crueldad peor de ella cuando iban casa por casa a buscar a sus enemigos y eliminarlos en falsos enfrentamientos, existía algo parecido a la normalidad.

Les aseguré que por un rato al menos podían ser las niñas que vienen de vuelta de extenuarse en las camas saltarinas, que esto era entre adultos que muy luego se entenderían para que siguiera la vida cotidiana.

Fue la última vez que pude decirle a mis hijas que sabía lo que estaba pasando, que sabía lo que iba a pasar, que sabía incluso por qué estaba pasando esto que estaba pasando No, estas no eran las barricadas de la dictadura porque esto que teníamos en Chile no era una dictadura. Lo que vivíamos se llamaría, se sigue llamando, “estallido social”. Un proceso de protestas contra la desigualdad, la falta de un sistema de pensiones dignos y una serie infinitas de demandas que tiene a la ciudad aún en vilo todos los viernes desde hace dos años. Un proceso que produjo sin embargo un acuerdo político que permitió que se instalara una Asamblea Constituyente que está redactando una Constitución que reemplace la del 80 escrita por los funcionarios de Pinochet y aprobada en un plebiscito trucho.

No, “esto”, como llamábamos a lo que estaba sucediendo ante nuestras narices sin que supiéramos quién lo dirigía y hacia qué lo dirigía, no era una revolución bolchevique y los gusanos en la comida del acorazado de Potempkin, pero tampoco era solo un mayo del 68 que quiere cambiar el largo de los peinados y las faldas. Es ambas cosas y ninguna de las dos claramente.

¿Qué es? ¿Qué está siendo? ¿Para dónde va?

La normalidad quedó abolida ese 18 de octubre. Así muchas cosas que nunca habían ocurrido, que no podían ocurrir, empezaron a ocurrir simultáneamente o casi, no dejando ni tiempo para el asombro: el sábado 19 el Presidente decretó el estado de emergencia.

“Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite“, dijo Piñera sin ser capaz de decir quién había quemado, y por qué, la mitad de las estaciones de metro de la capital. En un whastapp filtrado, la primera dama le advertía a unas amigas que esto era una verdadera invasión alienígena.

El general Iturriaga quedó a cargo de las zonas de emergencia. A las 19:40 declaró el estado de sitio y el toque de queda. Era la primera vez, sin terremoto mediante, que se aplicaba en democracia. Los militares habían vuelto a la calle. En Concepción, en Valparaíso, hasta en la pacífica Osorno ardieron los contenedores de basura, los edificios, las enseñas de los bares. Los supermercados y las farmacias siguieron ardiendo como cuando patrullaban las calles.

En la peluquería de Luigi, una verdadera institución de la clase alta nacional, el peluquero les advertía a las clientas que se fueran cortando la melena cortita para hacerle el trabajo más fácil a la “guillotine”. Mi hija no sabía por qué lloraba tocando a todo volumen “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara, que era el himno que nos dimos para negar que esto era una guerra.

Todos los viernes, en la plaza Italia, que rebautizaron como plaza de la Dignidad, el sitio exacto en que la ciudad se divide entre los de abajo y los de arriba, se juntaban cuerpos desnudos pintados, y sin pintar, profesionales de todas las profesiones, oficinistas, empleados particulares, por cuenta propia, vendedores, compradores, profesores, más y más curiosos, indignados, borrachos y sobrios, una multitud que no sabe adónde ir llega aquí donde pasan de ser espectadores a ser ellos mismos el espectáculo.

Hasta que el viernes 25 de octubre estuvieron todos ahí. Los que podían y los que no podían, los que evadieron y los que pagaron su pasaje, todos y cada uno se incorporaron al gran teatro del mundo que era la plaza, miles y miles y miles hasta que un millón y medio de chilenos como una sola mancha roja de cabezas celebraron eso que parecía imposible, la suspensión indefinida del tiempo.

-“Todo el mundo, huevón, todo el mundo” —repetían en el celular Pato, Álvaro, la Carola, todos mis amigos para que me diera cuenta de mi error de no ir. Esta no era una marcha más, era la marcha de todas las marchas, insistían. Ahí estaban todos los que votaron contra Piñera, todos los que votaron por él, todos los que no votaron. Todos los que odian el Chile actual, todos los que piensan que con algunos ajustes podría andar bien, los que no saben qué se pide, pero piden algo. Todos, huevón, todos, tontos, inteligentes, ciegos, visionarios. Todo el mundo menos yo, que preferí jugar con mis hijas en otra plaza de la avenida El Bosque, una de la zona oriente, la más residencial de la ciudad. Una plaza de bicicletas felices y mucho pasto muy verde bajo el eco de los helicópteros sobrevolando el aire, al mismo tiempo pesado y más liviano que nunca. Lejos y al mismo tiempo cerca de la manifestación porque se iban sumando a ella más y más transeúntes que ensanchaban en círculos y más círculos concéntricos que muy luego nos alcanzarían también a nosotros, los que de manera consciente y visible no habíamos querido ser parte de la marcha.

Porque poco importaba ya nuestra voluntad, la marcha/mancha no nos pedía nuestra opinión porque no era un acto político sino una sensación política, el vértigo de estar por primera vez todos juntos. Porque la marcha/mancha era eso también, una mancha que cubre todo el espacio que se le da, una masa que incorporaba cualquier electrolito suelto, que lograba eso que quiere lograr, convertir todo lo que toca en su propia esencia, ser toda la ciudad, una sola ciudad enorme al aire libre que deja las casas vacías como un vestigio porque la ciudad es la calle y la calle es eso, cabezas y más cabezas de gente latiendo como un solo corazón al centro de la plaza.

Las otras marchas van hacia alguna parte, esta iba hacia sí misma. Las marchas tienen como sentido ser una demostración de fuerza. Tienen por objeto decir “somos más” los que queremos o pedimos tal o cual cosa, esta quería decir “somos todos” y no pedimos nada más que eso, ser todos. ¿Pero qué pasa cuando son todos los que marchan en redondo sin avanzar ni retroceder? ¿Qué pasa cuando hasta el presidente asegura, contra toda prueba, ante la prensa extranjera, haber ido a la marcha? ¿Qué pasa cuando la izquierda, la derecha y el centro se felicitan por la convocatoria? ¿Qué pasa cuando los convocados no se reconocen en ninguno de esos ejes, cuando sólo son?

Sentado en el pasto de la plaza miraba retornar a su hogar a los guerreros victoriosos de este sitio a su propia ciudad. Y los helicópteros y la corona de fuego en la periferia y mis hijas que no saben que acaba para siempre el país en que nacieron y se convierte en otro que nadie se atreve todavía plenamente a reconocer como suyo.
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Rafael Gumucio, nació en Santiago en 1970. A pesar de su dislexia o por culpa de ella estudió para profesor de español. Consciente de sus limitaciones ha vivido de ejercer el periodismo tanto en radio, en prensa y televisión. Lo ha hecho en Chile, en España y en los Estados Unidos. Vivió en estos tres países además de Francia donde pasó su infancia, acompañando a sus padres y abuelos en el exilio. Sus libros hablan generalmente de su propia vida (“Memorias prematuras”) y la de sus parientes (“Mi abuela, Marta Rivas”) y sus conocidos (“Nicanor Parra, rey y mendigo”). También escribe para teatro, dicta clases y es director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales.



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