sábado, enero 22Adrogue - Buenos Aires - Argentina

Nunca más un aula vacía



 Desde el retorno de la democracia a nuestro país, la comunidad educativa sufrió más de 1.100 paros docentes. Como promedio a nivel nacional, cada 10 años los chicos pierden 2 años enteros de clase. Pareciera, entonces, que eso de “con la democracia se come, se cura y se educa” que esbozara el presidente Raúl Alfonsín es una deuda histórica que necesita una reparación urgente, y explica gran parte de los problemas que afrontamos como sociedad.

Nuestro sistema educativo tiene un entramado fundamentalmente diverso. A pesar que existe un Consejo Federal de Educación que dicta políticas a nivel nacional, cada jurisdicción es un mundo, con sus complejidades y realidades, algo que no desentona en nada con las inequidades históricas que nuestro país tiene por región.

Así, por ejemplo, un chico que asiste a una escuela en la Ciudad de Buenos Aires pierde, en promedio, 7 días de clase por año, mientras que un chico en Santa Cruz, pierde 16, en una problemática que afecta al chico, a sus padres y, fundamentalmente, a los docentes.

Teniendo en cuenta que, en nuestro país, somos 1.500.000 docentes, de los cuales tan solo un 36 % están afiliados a un sindicato, ¿cómo es posible, entonces, que cuando uno o dos dirigentes sindicales deciden convocar a un paro, 810.000 docentes y los chicos no puedan ir a las escuelas? Esto obedece a la extorsión, el apriete y la violencia que rodea a estos dirigentes, que ejecutan sus delegados en las escuelas, y sucede en todo el país.

Cuando hablamos de “paros docentes” se cae en la lógica común de asociar al docente como “lo malo”, aquello que pone trabas e impide la correcta formación de nuestros chicos.

Sin embargo, esto no es más que la triste consecuencia de años y años de un sindicalismo docente obsoleto que, mientras la clase política denostaba sistemáticamente nuestra tarea, en nada contribuía a representar a aquellos docentes que, con vocación y amor, a diario queremos estar al frente de un aula, garantizando el acceso a la educación para todos.

Es por esto que es necesaria una renovación dirigencial orientada hacia la representatividad del colectivo docente, y no de espurios intereses personales ligados a una proyección política personal.

Si bien al trazar un mapa que mida y compare los distintos indicadores educativos (entre los cuales se encuentra el mencionado de días perdidos de clase) resulta evidente que el compromiso de la gestión política juega un papel importante hacia el progreso en los ya pésimos indicadores educativos con los que contamos, de nada vale si del lado de los sindicatos docentes encontramos violencia irracional y desmedida que afecta a la conformación de nuestro país como tal.

La democracia vino con vientos de una sociedad más libre, justa e igualadora; conceptos que se construyen como tales solo desde la escuela. Ante esto, debemos decir Nunca más a un aula vacía que drena nuestro futuro, y sólo será posible si decimos nunca más a la violencia en las aulas, en la puerta de las escuelas y al interior de la comunidad educativa.

La sociedad lo tiene en claro: las demandas de los docentes son legítimas, como lo pueden ser los de cualquier trabajador, pero esto, bajo ningún punto de vista, debe significar el bloqueo de una escuela, el ponerle un alto a una tarea tan esencial como la educación. Debemos avanzar hacia una renovación de valores, de creencias y, por qué no, de conceptos: no confundamos nunca más convocar a un paro docente, con bloquear una escuela.

Facundo Lancioni Kaprow es secretario General de SEducA (Sindicato de Educadores Argentinos



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