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Sylvia Iparraguirre y la verdad de la imaginación


Ya desde la escalera de entrada se anticipa el sol que inunda el primer piso. Es increíble que afuera el barrio de Congreso siga su ritmo. En casa de Sylvia Iparraguirre, la sensación es la de estar suspendidos en un espacio hecho de luz. El ajedrez sobre la mesa, los dos escritorios con sus bibliotecas, las orquídeas color violeta, el retrato con su pareja por más de cuarenta años, el escritor Abelardo Castillo.

Cada objeto contiene un poco de esa vida; o mejor, esas vidas, la visible y esa otra vida secreta que la acompaña a ella desde que era una chica de pueblo y que tan bien refleja en los ensayos de La vida invisible y en los relatos reunidos en Del día y de la noche.

Hay algo chispeante en su conversación. Iparraguirre va de las ideas más críticas al análisis literario, siempre dispuesta a reírse de sí misma, y así deja ver su libertad de pensamiento. Lejos de toda ceremonia, es una de las intelectuales que escribió durante la dictadura en la revista que fundó junto a Castillo y Liliana Heker, la mítica El Ornitorrinco (1977-1983).

Profesora e investigadora del CONICET, logró mantener su espíritu crítico intacto y construyó una obra de ficción de una sensibilidad capaz de alcanzar el lado indecible de la experiencia. Basta leer los cuentos de Probables lluvias por la noche, o novelas como El parque o la premiada La tierra del fuego, para comprender que anida en ella una potencia transformadora, que en estos días reaparece con toda la fuerza en la novela Antes que desaparezca. La historia de una joven universitaria que descubre su vocación, su cuerpo y una visión propia, y al mismo tiempo logra atrapar en su experiencia la época convulsionada de fines de los años 60 y principios de los 70.

En 1978, ya casada con el escritor Abelardo Castillo.

En 1978, ya casada con el escritor Abelardo Castillo.

–¿Cómo nació Antes que desaparezca?

–Siempre me pareció más interesante inventar personajes, historias. Tenía un fragmento de borrador con un sesgo autobiográfico innegable que quedó siempre postergado. La empecé hace mucho tiempo. Tenía como centro la experiencia de mi venida a Buenos Aires, pero apareció La tierra del fuego y las demás novelas. De hecho, esta novela sale de un consejo de Abelardo. Un año antes de morir, me dijo: “vos te vas a alejar tanto de esa chica que después no la vas a poder contar. ¿Por qué no lo retomás?”. A él le gustaba esta historia.

–¿Y de qué modo trabajaste ese material para llevarlo a la ficción?

–Lo que va de lo autobiográfico a lo que se lee en la novela es un salto cualitativo inmenso; va de la persona que fui, la chica que vivía en Junín, una ciudad chica de provincia a fines de los años 60, que viene a Buenos Aires a vivir un pensionado de monjas y a estudiar Letras, en una época convulsionada de la realidad política argentina, a transformar todo eso en situaciones y personajes. Es ese período de mi vida universitaria, porque parte de esta novela es también, de algún modo, el retrato de una universitaria argentina de esa época. Eso es lo que me pasó, lo que viví. Pero lo que le pasa a una persona es infinitamente complejo, es decir, todo lo que te está pasando mental y físicamente en un momento es inabarcable, ni Proust lo puede hacer.

–¿Cómo es ese proceso?

–En una novela, el primer paso para pasar lo vivido, esas experiencias y esos recuerdos, es el recorte. Y ya en el recorte hay una violación de la verdad, es decir yo elijo los recuerdos, cómo armarlos, dónde ponerlos. A apenas un chispazo de memoria le pongo una lupa. Pasa la realidad, que es infinita, a un sistema finito de signos que es la literatura. Sin duda la materia es autobiográfica, pero el pasaje está regido por las leyes de la ficción.

–¿A qué te referías al decir la historia de una universitaria argentina?

–Ahora parece increíble, pero había que mostrarle la libreta a la policía en la entrada de la facultad, de lo contrario, no entrabas. El centro de estudiantes era clandestino. La escena de violencia la noche de la toma de la facultad cuando fue el aniversario de la muerte de Che, en 1967, es literal. Fue así. Me recuerdo riéndome, como le pasa a Lucía en la novela, con esa risa que llamo de montaña rusa. Este encuentro directo con la violencia fue una marca muy temprana que pulverizó ciertas inocencias con las que yo estaba viendo el mundo. Una especie de rito de iniciación a la violencia represiva de la universidad de aquellos años. Se estaban gestando los movimientos de ERP y Montoneros. Cuando me recibí, ya había vuelto Perón, era presidente y la Triple A te podía desaparecer en cualquier esquina. La realidad era un volcán. Ésa fue la universidad que nos tocó.

–¿Qué impacto tuvo la llegada a la ciudad?

–Las ciudades chicas como la mía, de la que yo venía, tenían un modo de vida muy endogámico; se vivía hacia adentro con ese sistema tranquilo propio de los pueblos, donde definitivamente pesa mucho lo local, todos se conocen y el parentesco es lo que ubica a las personas. Tal es la sobrina de tal, o la hermana de… La experiencia que recuerdo como más fuerte al llegar a Buenos Aires fue el sentimiento de libertad. Una libertad acotada a lo inmediato, si se quiere, pero para mí era todo: poder sentarme a leer en un bar, ir a un cine sola a las dos de la tarde, entrar a una librería, caminar por la calle sin que nadie te conozca. Hay una palabra que usa Ricardo Piglia, también contando esta experiencia, que a mí me gusta mucho, y es disponibilidad. Yo estaba disponible para lo que se presentar, ante lo que quisiera mostrarme la ciudad.

–¿Y qué cambió en vos?

–Mucho, todo lo que va de la adolescente de 18 años a la mujer joven de 25 ó 26 que empieza a ver con mayor claridad el mundo que la rodea. Y a tener argumentos que sostienen su ideología. Viví la violencia universitaria pero hay muchas clases de violencia y la mayor es vivir en estado de pobreza, carecer desde la infancia de lo más elemental, y después no tener oportunidades en la vida. Eso es violencia: la situación de extrema pobreza en la que vive tantísima gente en nuestro país. Conozco el conurbano profundo y zonas raleadas de pueblos de la provincia de Buenos Aires. La pobreza no es sólo no comer, se extiende como una mancha de aceite y toca todo. Es vergonzoso que en Argentina hayamos llegado a un 50% de pobreza. Esa es una violencia que no viví, pero la imagino, me duele y la puedo vivir.

–Eso resuena con las ideas políticas de Lucía. Compartís con ella sus posiciones políticas.

–Sí, soy socialista, voto a la izquierda. No el socialismo gerontológico de la gente que se perpetúa en el poder como lamentablemente pasó en Cuba, en Nicaragua y Venezuela. No la postura dogmática estrecha, sino un socialismo ético, porque el socialismo si no es una ética no es nada. No de dádiva, ni demagógico ni irrespetuoso con la pobreza. Acá se confunde socialismo con kirchnerismo. El socialismo tiene que ser ético. Tiene que ser una fuerza de apoyo a aquellas leyes que sean equitativas, de verdad inclusivas, que dignifiquen a la gente con trabajo y educación, que la saquen del hambre, de la pobreza. La izquierda debería unirse en un gran frente, pienso, no sólo acá, que vaya más allá de lo coyuntural. Y también su horizonte tiene que ser muy amplio, y abarcar todo lo que va hacia adelante, el estado de bienestar colectivo, la igualdad de género y el imperativo del cambio climático. El tema de los refugiados no puede estar ausente de los discursos del socialismo, como en un nuevo humanismo. El capitalismo salvaje da muestras de su agotamiento, lo muestra el daño irreversible al planeta. Vivimos en un mundo muy complejo, casi en un cambio de civilización, estamos en los coletazos de algo que se termina. Suena demasiado ideal, no digo que pase mañana, pero tenemos que ir hacia ahí porque es lo más razonable.

–¿Y cómo fue tu experiencia como mujer en un mundo eminentemente masculino?

–Nunca sentí la presencia masculina como un obstáculo. Cuando los compañeros de facultad me instruían o me decían “tenés que hacer esto” o “leer esto otro”, francamente no me hacía mella, no porque me sintiera superior, sino porque desde que me acuerdo tengo una especie de mandato interno: tengo que corroborar las cosas por mí misma. Algo como: ¿y a mí qué me importa? Es un eje central y bastante desaprensivo de mi manera de ser, pienso, que se toca a veces con la indiferencia; una persona individualista. Tuve modelos. Vengo de una familia de mujeres fuertes, decididas, generosas, como mi madre o mis abuelas. Cuando empecé muy cautamente a escribir, mi compañero de toda la vida fue el hombre que más me impulsó. Me decía que yo podía opinar sobre un libro, escribir una crítica, cuando yo tenía un objetor en la cabeza que me lo impedía. Finalmente, publiqué mi primera crítica, antes de empezar a publicar ficción. No solamente me impulsó, sino que me infundió confianza en mí misma.

–¿Pensás que de algún modo vos también influiste en la escritura de Castillo?

–Era un diálogo continuo. Cuando lo conocí él ya había estrenado Israfel, Las otras puertas había ganado el premio de Casa de las Américas, sacaba la revista El Escarabajo de Oro, era un escritor hecho y derecho. Él tenía 35 y yo era una chica de 22. Había una distancia sideral entre nosotros cuando nos conocimos; una distancia de lecturas. Después se achicó y yo traía parte de la vida académica. Abelardo tenía nostalgia del estudio universitario, le interesaba el griego, y la teoría literaria. La del formalista ruso Mijaíl Bajtín lo sedujo, le resultaba muy familiar por la base existencialista de ese pensamiento. La crítica mutua, en un sentido literario, nos enriqueció a los dos. Sí, influí. Y él confiaba plenamente en lo que yo opinaba, más allá de que lo tomara o no porque sabía que era absolutamente sincera. Creo que en un momento muy temprano él empezó a confiar en mi criterio. Teníamos cantidad de discusiones, pero éramos en quienes más confiábamos.

–Lucía se ve como librepensadora, ¿Podría decirse que es una novela feminista?

–No en el sentido de militancia que se le da ahora al término, pero sí en el sentido de que trata una verdad de una chica que quiere vivir por sí misma. Todo lo que ha ocurrido con el feminismo me parece de una lógica histórica inapelable. Fue progresivo hasta que explotó. Todo lo que pasó en la Argentina me parece ineludible, tenía que pasar. Explotó a nivel de conciencia general en “Ni una menos” en el 2015, apareció como aparecen los tsunamis, que arrasan con todo, muchas veces injustamente. Pero es el precio de la ola.

–¿Y te considerás parte de los movimientos feministas?

–No milito, pero apoyo absolutamente estos movimientos. Hay una conciencia que se ha extendido en toda la sociedad de modo irreversible. Viene de lejos, pero se lo debemos a la generación de las chicas que tienen entre 30 y 40 años, ellas fueron las que impulsaron este cambio. Les debo mucho a esas chicas. Les debo conocimiento. Soy una escritora que, al principio, escribió en medio de escritores. Cuando empecé, las mujeres éramos las menos en las editoriales, no solamente los libros publicados, sino el staff en los empleados de las editoriales, los traductores, los editores eran mayoritariamente varones; en cambio, hoy son mayoritariamente mujeres. Ahora cambió. Para citarla a Julia Kristeva, es la hora de las mujeres.

De visita en el Museo Guggenheim de la ciudad de Bilbao.

De visita en el Museo Guggenheim de la ciudad de Bilbao.

–¿Y qué posición tenés respecto al lenguaje inclusivo?

–Personalmente me ha creado incomodidad. Cuando hablo, el morfema e no lo puedo usar con naturalidad, me resulta incómodo, pero sí en el escrito, no literario, aparece una forma que no me violenta que es la x. Lingüísticamente hablando, hay muchas consideraciones. El otro día hablaba con mi amiga Silvia Ramírez Gelbes, lingüista, que ha trabajado mucho este tema, y me mencionaba que en lenguas como el turco, que no tienen género ni en los sustantivos, ni en los pronombres, ni en los sustantivos, esa carencia de género en el lenguaje no implica una sociedad más igualitaria. Es un fenómeno curioso el del lenguaje inclusivo porque se da simultáneamente en todas las lenguas. Lo que pasó acá fue que no se notaba en el lenguaje hablado. La fuerza que tuvo esta irrupción fue que las personas se empezaron a dar cuenta de que el genérico masculino era incómodo. Se instaló algo que antes no se percibía a nivel social. Tomó fuerza porque la gente se sintió o en contra o a favor, como pasa con los cambios que viene ligados a fuerzas o movimientos políticos, y esto lo es. El cambio lingüístico no es inmediato y no podemos decir si se impondrá o no. El habla no es manejable, no podemos decidir cómo queremos que la sociedad argentina hable. Eso lo sanciona el habla, en definitiva el uso es el que va a tener la última palabra.

–Ya se viene el fallo del Premio Clarín Novela; tu actuación como Jurado en dos ocasiones fue importante. ¿Cómo ves hoy esa experiencia?

–Fue una muy buena experiencia, es un premio que me gusta mucho. Acepté porque tiene una transparencia total. Al mismo tiempo, es agotadora; leo y vuelvo a leer por si me estoy equivocando, así que termino agotada.

–Sos parte de una generación que creía que el rol del escritor era transformar el mundo, ¿Cómo lo ves hoy?

–En este momento no sé cuál es la función. Lo único que tengo es la palabra y la uso. Me preguntás qué opino y lo digo. Hago lo mejor que puedo cuando escribo. Lo que tiene que hacer un escritor es escribir lo mejor posible, ponerse metas de competencia consigo mismo. Y la literatura sigue porque es una cadena; aunque por momentos parece que se debilita, no se rompe.

Antes que desaparezca, Sylvia Iparraguirre. Alfaguara, 384 págs.

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